Atravesé la neblina helada de esa noche,
la melancolía cómoda, adictiva, de ese mismo día,
que se apoyaba en música triste, me encerró.
Mientras miraba frente a la ventana,
por la que se deslizaba la lluvia como si fuera mi llanto,
y con mi temor por el día siguiente,
una luz que alumbró mis pupilas me molestó de repente
e interrumpió la derrota que sentía mi alma.
Pero el anochecer se pierde en tu sonrisa.
Quizás, algún día, no despierte en la niebla fría del norte,
y me abrigue tu dulce mirada,
y me envuelvan tus brazos.